Abriendo la despensa la tuvo de frente, y el temor albergó a ese animal extraño.
Se quedó impávida ante el miedo a la muerte, sin la mirada retadora de otros seres bajos.
El pavor cubrió el cuerpo del dueño de la casa, quien no sabía que el espacio era compartido.
El miedo sin argumentos lo obligó a escapar, pero el animal también voló en busca de refugio.
Al final el desespero de la vida hacía huir del destino, pero la plaga sólo quería sobrevivir.
Por su parte este hombre era el perdedor, pues ante lo diminuto oraba tranquilidad.
No era la vida la que lo agobiaba, su cuerpo estaba cubierto por problemas mayores.
Era el temor a perder su comodidad y el conocimiento prematuro de la suciedad de su alma.
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